02 diciembre, 2009

SANTIAGO, SENDERO DE RUINAS





SANTIAGO, SENDERO DE RUINAS



La lluvia no caía, volcaba, en toda su crudeza, cántaros de agua sobre las sucias callejas, ruinosas como sus casuchas alineadas que, apoyándose unas en otras, parecían realizar un último esfuerzo para mantener su dignidad.
Embozado en un plástico conquistado al contenedor de basura más próximo, Santiago acecha, refugiado en un portal, las salidas y entradas del viejo corralón convertido desde meses atrás en refugio y chutadero de aquella zona.
La tristeza de los rostros que deambulaban por el portalón reflejaba una tristeza interior aún más hundida que los escombros que un día fueron cálidos y humildes hogares. Allí vivió los primeros juegos, las primeras peleas infantiles... Allí, pasado algún tiempo, tuvo su primer contacto con la droga.
Eran rostros jóvenes, ojos hundidos en la oscuridad de una vida vendida a la miseria... pero ella no llegaba. Le habían dicho que de vez en cuando solía volver por el viejo solar, que allí solían reunirse para abastecerse de aquel veneno que consumía sus horas sin tregua. Era la dosis diaria de lo que fuese -la jeringuilla y punto, daba igual-, pero había que pincharse y seguir adelante, robar, pordiosear, descansar cuando ya ni el alma tiraba. Tumbada sobre cualquier jergón o sobre el suelo pelado, descansaba, reponía algo de su destrozado cuerpo y al fango otra vez. Ya ni siquiera podía conseguir para una dosis vendiendo su cuerpo, nadie lo quería. Para ser más exactos, a pesar de su juventud, de esas buenas formas que aún se adivinaban entre la delgadez extrema de sus miembros, nadie se atrevía a tocarla. El SIDA parecía ser su más fiel compañero a pesar de que las últimas pruebas decían que no, que aún estaba sana, que podía volver a ser una persona normal. La enfermera de la cárcel, la única persona que le había dado una mínima dosis de cariño, le había insistido una y otra vez.
-Todavía puedes escapar, Leonor. Será un esfuerzo, sobrehumano si quieres, pero luego te sentirás con nuevas fuerzas... Tu padre saldrá pronto de la cárcel, él quiere ayudarte...
-Mi padre... en buenas manos... asesino...
Y allí estaba él, su padre, asesino confeso, traficante y ladrón, treinta años de condenas... Una vida miserable, hundida. Una vida desordenada, paria de una sociedad que le abandonó a su suerte en un reformatorio con apenas doce años. Fue su primer robo, una bolsa en la playa, dinero fresco en marcos de unos alemanes despistados, y a un reformatorio donde perfeccionó aquellas malas artes que durante largo tiempo serían su medio de vida. Desde allí, todo fue como la canción, rodar y rodar, tumbos de una cárcel a otra, de un juicio a otro, dos años de libertad, servicio militar y un reenganche de cabo que le llevó a una boda forzada por culpa de un calentón mal controlado. Allí pudo recomenzar su vida, pero una borrachera en una guardia de la feria de Sevilla y todo tirado por la borda. Nadie era más culpable que él.
El primer sendero se lo abrió un curilla joven. Éste, con su mensaje de caridad y con aquello de que si los pobres los puso Dios en su infinita misericordia, intentó abrirle unas puertas que, con lo que llevaba ya a sus espaldas, le parecieron, en el mejor de los casos, pura fantasía... Un carajo, para el cura y para Dios... Pero lo que no pudo negar es que el dichoso cura lo envió a estudiar formación profesional... Y acabó vendiendo las herramientas...
Años después fue un militar, sí. Porque trabajar sí que trabajaba, cuando había que tener dos cojones, él los tenía, si había que andar cuarenta kilómetros, allí estaba el Cabo Santiago. Vaya, que a pesar de las dos bofetadas a un cabo por salir en defensa de un novato, el Capitán, también se puso de su parte. En la Prevención se fue derecho para él y le dijo:
-Soldado, tú tienes redaños.
De eso a siete años entre mili y reenganche, un paso. Fueron los siete únicos años de dignidad humana. Su hija pudo y debió ser el camino hacia otra manera de vivir, pero el alcohol, y la marihuana cuando se juntan...
Nadie lo obligó a emborracharse. Nadie lo obligó a buscar la droga, primero la marihuana, luego, en una noche de putas, la heroína y luego, seis meses de penal y puta calle. Nadie tenía la culpa... Pero también es cierto que nadie hubo a su lado dispuesto a dar por él lo que él, en este momento, estaba dispuesto a dar por su hija.
Si María. Si su querida María no hubiese sucumbido a la neumonía... Pero no. Estaba escrito, Santiago era carne de cañón y punto. Unas veces porque él se lo buscó, otras, por la mala suerte que se ceba en los desheredados, o porque estaba escrito. Vaya usted a saber.
Pero, ¿por qué también su niña? Lo único que le dio fuerzas para seguir, para enfrentarse al síndrome de abstinencia, para soportar chanzas y presiones de los colegas de patio, su pequeña Leonor, había comenzado la pendiente. Se lo dijo un maestro que, con más voluntad que fortuna, intentaba meterle aquello de la lectura y las cuatro reglas. Su hija, su única ilusión, había caído en la red que sólo los desechados tejen con su sangre y su ignorancia. Desde aquel momento, sus fuerzas, las pocas fuerzas que aún deambulaban por un cuerpo más muerto que vivo, se concentraron en una sola meta: recuperar a su hija, liberarla de una esclavitud que poco a poco iba adueñándose de su ser, regando cada rincón de su cuerpo con un caudal de sangre y droga...
Y allí estaba. Dos días llevaba fuera del penal, dos días sin apenas probar bocado, dos días apostado en un rincón a la espera del reencuentro que ansiaba tanto como temía.
Hambre, dolor y frío marcaban su rostro, prieto en la búsqueda de unas fuerzas que ya comenzaban a flaquear.
Alguien, al entrar a la casa, advirtió la presencia de aquel bulto, se acercó a él y lo despabiló de un puntapié.
-Si eres un madero te voy a partir la cara a ostias ¡tú!
No hubo necesidad de aclaración, al quedar el rostro al descubierto, su mirada habló palabras de odio entreverado de una pizca de humildad y esperanza. Era el momento de hablar, de preguntar, de saber... El camino hacia Leonor, su pequeña Leonor, se abría entre la esperanza y el dolor. La pregunta, en tono humilde, pero trasluciendo una fuerza interior que no pasó inadvertida para aquel individuo apenas fue un susurro:
-¿Conoces a Leonor?
-¿La “Rubia”?
-Rubia sí que es...
-Mira tío, ¿tú no serás su viejo...?
-¿Por...?
-Pues está claro ¿no? Resulta que te enchiqueran por trapicheos al por mayor, que encima te cargas a un colega por cuatro putas estampas falsas y no se te ocurre otra cosa que sermonear.
-¿Y qué?
-Que ya está bien, tío. ¡Que ya está bien! Tanto comerle el coco, ¡joder! Si quieres predicar métete a cura. Entre tanto hijoputa no se va a notar uno más. Pero deja a la “Rubia” tranqui. ¿Vale? Ella está bien como está y no le interesa tu tema.
-Mira, niño de mierda. Como tú me merendaba dos en la trena cada día. ¿Vale? Se trata de mi hija. Y se me ha puesto en los cojones que a esa niña la quito de la droga. ¡Y la quito! Como sea...
Santiago silbaba cada palabra. Era una serpiente dispuesta a saltar sobre el cuello del joven. Unos veinte años que, por una extraña metamorfosis, habían pasado de la chulería pasota a una mirada de respeto le contemplaban desde arriba.
El joven dio un paso atrás. Santiago se levantó, lentamente, presto a reaccionar ante el primer indicio de peligro. Sin perderse las miradas ambos se encontraban frente a frente. Era una lucha sorda, la decisión frente al respeto, el amor frente al miedo. Pero Santiago parecía adivinar que tras aquel respeto temeroso también flotaban los vapores de una adicción dispuesta a defender su territorio hasta la muerte.
-Vamos a ser claros, colega –fue la respuesta del muchacho- tu Leonor no quiere saber de ti. Que no le interesa el negocio, vaya. La cosa está como está, que tú quieres verla, la ves si ella se deja. Pero ni maderos ni gaitas. Y cuidadito, que apareces “mojado” una mañana y nadie te va a llorar. El día del juicio nos vemos, tío... ¿vale?
-Entonces ¿eres amigo de mi Leonor o qué?
-Que no te enteras, Contreras. Mira, pasado mañana, a estas horas, te das una vuelta por aquí, solito ¿eh?, solito. Si la ves, eso que te encuentras y si no, huyendo que es gerundio: no vuelvas a poner las patas aquí en tu puta vida.
Sin perder la cara al joven, prudente y desafiante, Santiago recogió el plástico y, con él, un macuto -todas sus pertenencias-, su heredad ganada en años de vagabundeo contenida en apenas un puñado de ropa vieja y cuatro cacharros de aseo de la última casa de acogida... Lentamente dio dos pasos atrás, se fue alejando, sus ojos en los del joven, miradas que se cruzan y se estudian en la oscuridad como si un extraño sol brillase sólo para ellos...

22 septiembre, 2009

EL SEÑOR ALCALDE





EL SEÑOR ALCALDE




Cada vez que oigo alguna crítica sobre la política bermejina me agarro unos enfados de padre y muy señor mío, ¿qué quiere que le diga, mi querido paisano? Me pongo en el papel del señor alcalde y veo cómo usted, sin ir más lejos, molesto por la falta de iluminación en las calles, o por el deficientísimo estado del acerado, por poner dos ejemplos, siempre acaba por descargar sus frustraciones sobre él. Y eso, sin pararse a meditar un segundo sobre la responsabilidad que realmente tiene nuestro esforzado regidor municipal sobre la referida situación.
-Si tuviéramos un alcalde como Dios manda…
-Si ese hijo de la gran p. del alcalde supiera donde tiene la cara…
-Si ese tarugo que tenemos por alcalde…
Y así, una y mil veces desahogan sus frustraciones nuestros paisanos, lanzando todo tipo de injustificados insultos. Reconózcalo. Aunque no se queda la cosa ahí. Sigamos confesando nuestras faltas, sean por comisión u omisión, ¿cuántas veces ha asentido usted cobardemente a tales acusaciones lanzadas por un contertulio cuando se quejaba de los baches de su calle? Y… ¿cuántas salió usted en defensa de la autoridad municipal ante tal lluvia de descalificaciones? Ninguna, así de claro se lo digo. Eso sí, luego, cuando el consistorio local de Villabermeja decida aumentar los impuestos municipales, saltará usted lleno de indignación sumándose, esta vez de forma activa, a los improperios que contra el alcalde del pueblo braman nuestros paisanos.
Bien merecido se lo tiene. ¡Vamos hombre! ¿Acaso pensaba usted que iba a escapar impunemente de sus pecados políticos? Nada de eso, querido paisano. No olvide que donde las dan las toman. Y usted se lo venía buscando desde hace tiempo. Insultos, vejaciones, ultrajes… Y el pobre y honesto señor alcalde, soportando como un nuevo santo Job todo el veneno que su boquita quiso soltar. No hombre, no. Con los primeros días del otoño, cuando los presupuestos municipales comiencen a tomar forma, el señor alcalde, atinadamente, tomará cumplida venganza de nuestros atropellos. Y la tomará donde más nos duele: en el bolsillo. Y como durante el verano tuvo a bien tomar detallada nota de todo lo que nosotros, sus desagradecidos vecinos, habíamos vomitado, ahora lo pagaremos con creces e intereses.
Así que, amigo y paisano mío, ni se le ocurra esbozar la más mínima crítica contra don Segismundo, nuestro eminentísimo alcalde. Comprenda que el buen hombre está tan atareado que difícilmente puede atender toda la problemática que se le viene encima cada dos por tres.
La semana pasada, sin ir más lejos, tuve ocasión de comprobarlo. El lunes fue una reunión en la capital para asistir a una convocatoria del partido en la que recibió instrucciones sobre las descalificaciones que era necesario verter sobre el partido rival; luego, al día siguiente, debió desplazarse de nuevo urgentemente a la sede nacional de su partido con el fin de adoptar posturas comunes sobre un gravísimo problema nacional que debía ser tratado en un próximo pleno extraordinario de la Corporación Local.
El miércoles, nada más regresar de la capital, tuvo que citar a sus compañeros de partido para indicarles las directrices emanadas desde arriba, y que deberían seguir al pie de la letra frente al partido rival en el próximo pleno municipal. Finalmente, el jueves se celebró un pleno en el que se debía aprobar el apoyo incondicional de la corporación ante la decisión del gobierno de reconocer al nuevo estado de Puntolandia, una pequeña nación recién constituida por desmembración de un país del lejano oriente que ni siquiera le sonaba a ninguno de los concejales de su partido.
Lógicamente, la oposición, que no había sido informada con la antelación suficiente por sus respectivos jefes, se vio sorprendida ante decisión tan importantísima, y solicitó un receso hasta recibir instrucciones sobre el voto que debían emitir. Como no pudieron contactar con la superioridad, ni tenían la más mínima idea sobre la identidad del nuevo país, votaron en contra acusando al partido gobernante de oscurantismo y de apoyar a una nación cuya democracia, como todos sabemos, no estaba suficientemente contrastada.
Esta actitud, como usted puede adivinar, desembocó en un durísimo ataque al partido gobernante. El señor alcalde, ofendido, se vio en la obligación moral de convocar una rueda de prensa de los medios de comunicación locales: la Televisión Municipal, la Emisora Municipal y el Boletín Informativo Municipal. Como quiera que todos ellos están dirigidos por destacados militantes del partido en el gobierno, les puedo asegurar que no faltó ni uno de ellos a la citada convocatoria, que se celebró el día siguiente viernes.
Pues bien, aunque ustedes no se lo quieran creer, el sábado, cuando entré en Casa Blas a tomar mi cafelito mañanero, la barra del bar era ya un manantial de insultos y descalificaciones que manaban abundosamente de aquellas bocas desagradecidas. Y todo porque llevaban una semana sin que sus calles viesen ni la sombra de un basurero y, como quiera que algunas calles llevaban tres días con el alumbrado averiado, más de uno llegó a su casa con los zapatos emborrizados en porquería.
Pero nadie salió en defensa de don Segismundo. Nadie dijo una sola palabra sobre las importantísimas e ingentes tareas que habían ocupado a los señores concejales durante toda la semana. Nadie habló sobre el importantísimo debate que había tenido lugar en el último pleno municipal: la nueva nación recién salida de lejanas tierras y otros sucesos internacionales que, sin lugar a dudas, ocupaban las primeras páginas de toda la prensa nacional habían desplazado, naturalmente, a temillas sin importancia. ¿Quién se iba a preocupar de fruslerías como la recogida de basura, la falta de iluminación en las calles de Villabermeja, los recientes cortes en el suministro de agua o el estado de abandono de parques y jardines?
Decididamente, queridos paisanos, son ustedes unos desagradecidos, chismosos y desconsiderados con nuestras dignísimas autoridades municipales. Sólo espero que a partir de ahora se arrepientan de sus injurias y, en penitencia, acepten disciplinadamente la próxima subida de impuestos gracias a la cual el señor alcalde podrá duplicar sus emolumentos tan diligentemente ganados.
Al menos él escapará de la crisis económica.
Relato publicado en EL Nº 20 de la revista "PALABRAS DIVERSAS"

02 septiembre, 2009

EL CARROÑERO

EL CARROÑERO

-Compañeros, amigos todos: Como es sabido por muchos de los presentes, el aumento constante de nuestra actividad, exige precisión y determinación de las condiciones de las actividades apropiadas. Los superiores principios ideológicos, condicionan que un relanzamiento específico de todos los sectores implicados suponga un auténtico y eficaz punto de partida de toda una casuística de amplio espectro…
-¿Te das cuenta, Mariano? Este tío lleva hablando un rato sin decir absolutamente nada.
-Peligrosa actuación, no te fíes, Espe. Nunca sabemos por dónde va a salir esta gente.
-Tras esta breve introducción –continuó el conferenciante- entremos de lleno en el tema que hoy nos trae aquí. Como sabéis estas aves carroñeras, porq
ue debéis saberlo, la gaviota es un ave carroñera que se alimenta y vive a costa de lo peor que pueda caer en sus manos.
Escudándose en su presencia, agradable, elegante, distinguida si queréis, se esconde un animal realmente soez. Los bajos instintos, ocultos bajo la figura de un ave grácil, veloz, resistente y llena de vitalidad, brotarán de su organismo a la primera ocasión que se presente. Ahí radica su peligrosidad. La gaviota subyuga con su presencia, encubre bajo ella su innata tendencia a la agresión y sus deseos de imponerse ante cualquier eventualidad o peligro y de sobrevivir a estos a costa de lo que sea.
-Te lo dije, este hombre entra a saco en el tema que le interesa a las primeras de cambio... –comentó Mariano, casi en un susurro al oído de Espe.
Inquisitiva y acusadora, la mirada del conferenciante se hundió en el rostro de ambos charlatanes, que guardaron silencio anonadados.
-Salid al campo. Salid a cualquier sitio –continuó éste- y allí la encontraréis. Ha extendido sus dominios sobre todos los terrenos: campo y playa, mundo rural y urbano... Ha salido del ámbito propio y reducido a que estaba limitada. Voraz y destructora se ha impuesto a todos los demás y, si pudiese, destruiría sin piedad a cuantos se interpusiesen en su
voraz camino.
Por este motivo, nos hemos reunido hoy aquí, para debatir y estudiar las posibles soluciones a la invasión de que estamos siendo objeto por parte de la dichosa gaviota. Ha extendido su dominio por todos los terrenos a su alcance. Y esa es la causa por la que aun reconociendo, de acuerdo con las modernas tendencias ecologistas, que debemos respetar el ámbito de todos y cada uno de los organismos que deambulan por nuestro país, no es menos cierto que se hace necesario poner coto a este indiscriminado ataque de que estamos siendo objeto. En cualquier momento, y lo digo con conocimiento de causa, estos animales insaciables serían capaces de apoderarse de toda la nación en su propio provecho...
-No lo soporto más, Espe, vámonos inmediatamente de aquí, ¡Este hombre está llegando al insulto!
-Tranquilo, Mariano, tranquilo, que este hombre es biólogo y no está hablando de política. Yademás, según me han dicho es yanqui y amigo de Josemari...


...



NOTA para los amigos de fuera de España.- El Partido Popular español tiene como símbolo una gaviota.

09 julio, 2009

EL CUERVO QUE SE DIJO HOMBRE (a un dictador muerto)


EL CUERVO QUE SE DIJO HOMBRE
Por ti, vi llorar la tarde, decir adiós, sin manos ni palabras, en soledad de muerte.
Por ti, oí pasar las noches, negras de luto y dolor.
Hoy… un soplo de aire limpió las esferas del mundo.
Tu negra sombra de verdugo escapó entre aullidos de espanto al encuentro de su propio hedor.
Ni aun el odio salió a recibirte.

BIZCO


BIZCO

Aquellos ojos se querían tanto que sus miradas, ajenas a cuanto sucediera a su alrededor, se cruzaban en eterna búsqueda.

15 abril, 2009

LA IMAGEN DE DIOS


LA IMAGEN DE DIOS
Cuando oyó a su profesor decir que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, aquel joven estudiante entró en una profunda crisis de identidad antes de comenzar a perder la fe.

LOS DERECHOS DE PEPÓN

LOS DERECHOS DE PEPÓN

(Este relato ganó el Segundo Premio en la Categoría Cuento Corto del Concurso Hispanoamericano de Poesía y Cuento Corto “ROBERTO FONTANARROSA” editorial Trazo Literario, Buenos Aires, 2009)
De hoy no pasa que pida una entrevista con el Director. Yo, violador nato de la legalidad vigente, llevo varios meses totalmente imposibilitado de quebrantar, aunque sea mínimamente la más nimia de las leyes. Y eso, amigo lector, es que no lo aguanto. ¡Vamos, hombre!
Además, que uno tiene sus derechos. Y a mí nadie me va a negar lo que me corresponde por muy temprano que se levante. ¿Soy un asesino? No. ¿Que mi domicilio oficial radica en unas dependencias públicas? Vale. Contra mi voluntad, que conste. Pero díganme ustedes dónde está escrito que, de ese hecho, incuestionable, ineludible e inherente a mi situación social, se deduzca alguna otra obligación.
Muy bien me he leído de pe a pa, lo menos cuarenta veces, la disposición legal que autoriza mi alojamiento en las referidas dependencias, y de ella no se infiere que yo tenga que renunciar a determinados derechos fundamentales en orden a poder disponer de mi cuerpo como se me antoje.
Resumiendo, que mañana me planto en la puerta del despacho del Director y allí me quedo hasta que vengan los antidisturbios o el Director atienda mis requerimientos. ¿Qué tiene que ver el hecho de que oficialmente haya establecido mi domicilio en un edificio público con que yo tenga que renunciar a determinados derechos?
¿No viene el otro día uno de los funcionarios dándoselas de listillo?
-Debe usted saber que la Ley 28/2005 de 26 de diciembre es clara al respecto, y, se ponga como se ponga, está obligado a cumplirla. Y yo, a hacerla cumplir. ¿Está clarito?
-Pues no –le respondí.
-¿Cómo que no? ¿Usted no pasa las veinticuatro horas del día en una dependencia de la Administración Pública?
-Sí...
-¿Usted no disfruta de unas atenciones mínimas pagadas por el erario público precisamente por vivir en esas dependencias?
-Sí...
-¿Puede decirme qué excusas tiene, repito, para dejar de cumplir la citada Ley 28/2005 de 26 de diciembre?
-Ninguna.
-Entonces... ¿qué quiere?
-Exactamente lo mismo que usted: abandonar estas dependencias públicas diez minutos cada dos horas para poder ejercer mi derecho a fumarme un cigarrillo.
-¿Y no redundará eso en perjuicio de su estado físico? No olvide que sus marcas deportivas podrían verse afectadas por ese vicio del tabaco.
-¿Y qué?
-Veamos: nueve segundos en los cien metros lisos, dos cincuenta metros en salto de altura, cinco metros en salto con pértiga...
-¿Y qué?
-Lo más importante: dice el Director que con esas marcas aprovecha usted medio segundo y no hay quien le eche el guante. ¡Y ya es la cuarta vez que se fuga de la cárcel!

20 febrero, 2009

EL VUELO DE LOS HADOS

EL VUELO DE LOS HADOS


Miles de sombras cabalgaron aquella noche a través de las nubes que cubrían el cielo del poblado. Don Servando Fopiani de los Reyes, caballero mutilado del glorioso ejército de la nación, iba a lomos de una de aquellas nubes, según relató a este cronista su sobrina carnal, doña Edelmira de los Reyes, quien afirma haberlo visto cabalgando triunfal mientras sus carcajadas se perdían entre las gotas de lluvia.
No se sabe con seguridad qué pueda haber de cierto en las palabras de doña Edelmira, pero de lo que no hay duda es de que al cuerpo de don Servando Fopiani de los Reyes no se le ha vuelto a ver por el pueblo desde entonces. A su alma, sí. Su alma fue sorprendida flotando en una barca entre grises nubarrones mientras descargaba rayos y centellas sobre el vecindario. Dicen que, durante varios días, su barca infernal se posó encima de la azotea que corona el domicilio particular de don Ricardo de Céspedes y Oriol, ilustre prócer local cuyas riquezas son la envidia de los alrededores, y que don Ricardo debía en parte, aunque nunca lo agradeció, a los favores que en la última contienda civil le hizo don Servando Fopiani.
Al menos eso es lo que susurraban entre los silbidos del viento las voces de ultratumba que se propalaron junto a las centellas que habían visitado cada uno de los rincones del poblado durante aquellos días. Varios muertos nadaban, al decir de aquellas voces, entre las propiedades que habían venido a caer en manos de don Ricardo de Céspedes y Oriol, el ilustre prócer local.
En la última de esas
tormentas alguien vio un rayo penetrar en las estancias de don Ricardo. Todas las habitaciones de la mansión se iluminaron como si cientos de diminutos soles ardientes la recorriesen de uno a otro extremo. Luego, sin que un solo papel mostrase huella alguna de aquella incendiaria visita, la calma se adueñó del lugar.
Fue a la mañana siguiente cuando los rumores comenzaron a tomar forma. Don Ricardo de Céspedes y Oriol yacía dormido en su butacón. Un halo de sombras negras ribeteadas de tonos azules intensos y oscuros flotaba entre su persona y el techo de la habitación cuando doña Gumersinda Gutiérrez y Guijarro, su ama de llaves, abrió la puerta del dormitorio para llevarle el desayuno.
Doña Gumersinda, inconscientemente, abrió la ventana y aireó la habitación sacudiendo un paño para disolver la falsa nubecilla. Cuando el aire se hubo purificado, el ama de llaves colocó el desayuno sobre la pequeña mesita de artesanía que había junto a la butaca en la que descansaba don Ricardo y sacudió levemente su hombro. La mesita, apoyada sobre cuatro dragones que lanzaban sus flamígeros alientos soportando el peso de un tablero de cristal, vibró levemente lanzando fugaces llamaradas azules que brotaron de cada una de las bocas de aquellos seres mitológicos.
-Don Ricardo, su desayuno.
Don Ricardo -su parte material, para ser más exactos-, no respondió. Permanecía inmóvil, sumido en un letargo del que no salió a pesar de los intentos de doña Gumersinda. Ésta le tomó el pulso, tocó su frente, volvió a sacudir el hombro de su señor, apoyó su oído sobre el pecho durmiente para comprobar si seguía respirando y, por fin, llegó a una conclusión: don Ricardo de Céspedes y Oriol, su cuerpo mortal, estaba vivo y sano.
Ahora bien, lo que no supo ni pudo comprobar el ama de llaves fue si, efectivamente, el prócer más acomodado del valle, aún habitaba en su cuerpo. Éste no respondía a ningún intento por despertarlo. Su organismo seguía hundido en un profundo sueño del que no salía por muchos intentos que hiciesen ni su ama de llaves ni las dos vecinas que acudieron a sus gritos. Un cuervo, negro como el alma de don Ricardo, si no era su propia alma, graznó desde la rama de un ciprés cercano.
-Don Ricardo se encuentra perfectamente de salud –fue el diagnóstico de su médico de cabecera.
No menos de media hora necesitó Don Rosendo Pérez de la Concha, doctor en medicina por la universidad de la capital de la nación e ilustre conferenciante, para llegar a tal conclusión. Don Rosendo no escatimó tiempo ni medios en la comprobación de aquella incuestionable realidad, pues recordó la prodigalidad con que era gratificado religiosa y generosamente en cada una de las visitas que hacía periódicamente a casa del prócer local, y no era cuestión de romper con la tradición ahora que don Ricardo de Céspedes y Oriol parecía estar ausente de su forma corporal y, consiguientemente, de su cartera.
Después de oír las explicaciones de doña Gumersinda, el médico quedó sumido en una profunda meditación tras la cual se limitó a preguntar:
-Y dice usted que flotaba en el aire una nube de tonos negro-azulados...
-Sí, doctor, negra y con flecos azules como el alma de los pecadores.
-O como el aliento de una persona que ha sido sometida a algún tipo de vapores narcóticos –su mirada acusadora se posó sobre el rostro del ama de llaves.
El caso es que, como los gatos negros aprovechan la noche para invadir las oscuras callejuelas del poblado alcanzando el confín de los sueños, así se extendió la noticia por todos los rincones del entorno.
¿Estaba don Ricardo sumergido en un sueño eidético? ¿Acaso estaba reviviendo los momentos más intensos de su negra vida y se negaba a reconocerse en ellos?
Aún no había salido el doctor Pérez de la Concha de la casa de don Ricardo cuando ya era conocida de todo el vecindario la nueva del estado cataléptico del prócer local.
-Cualquiera diría que este hombre conserva entre sus genes el recuerdo de una lejana etapa en que sus antepasados marsupiales se refugiaban en profundos letargos invernales para luchar contra los elementos –sentenció el doctor.
-O que su alma ha sido embargada por el maligno –respondió desde la puerta de la habitación con su lúgubre voz doña Gertrudis del Moral, santera oficial de la comarca que solía enmendar con sus conjuros los diagnósticos fallidos del doctor.
El problema fue objeto de debate tanto en el casino local como en las tabernas. Ni el prostíbulo que ofrece su negra carne en el cruce de caminos que se encuentra a más de dos kilómetros del poblado se libró de las elucubraciones en torno al suceso acaecido en la persona de don Ricardo de Céspedes y Oriol. Sin embargo, nadie, salvo doña Edelmira de los Reyes, sobrina carnal de don Servando Fopiani de los Reyes relacionó la desaparición de este caballero mutilado con el estado en que se hallaba inmerso el cuerpo mortal de don Ricardo de Céspedes.
El sol, asociado a las calimas salitrosas del desierto, azotó los callejones del lugar hasta obligar a la gente a ocultarse en las sombras más profundas de aqu
ellas míseras y blancas chozas. Todos, incluido el doctor don Rosendo Pérez de la Concha, habían huido de la vía pública, perseguidos por los fantasmas de mil demonios camuflados entre la bruma que invadió el poblado.
Fue entonces cuando doña Edelmira de los Reyes, aprovechando las tinieblas del atardecer se deslizó como un fantasma más, apenas dibujada sobre los blancos muros encalados del poblado, hasta penetrar, filtrándose entre las rendijas de la puerta, en el domicilio de doña Gertrudis del Moral.
-¿Sabe usted que los rumores sobre las riquezas de don Ricardo viajaban días pasados cabalgando sobre el viento son ciertas? –preguntó al enfrentarse a doña Gertrudis.
-Y aún más –respondió doña Gertrudis-. Don Servando, su tío, ha secuestrado el alma de don Ricardo de Céspedes para arrastrarla al abismo sin confesión ni arrepentimiento. Y volverán los dos al mundo o los dos, juntos, se hundirán en las entrañas del volcán hasta cubrir con sus ardientes cenizas el lugar.
Aun ignorando la premonición de doña Gertrudis del Moral, el Concejo Local, avisado por doña Penélope Adriana de Font y Prat de que sobre el poblado se cernían graves peligros, decidió recuperar un alma para el cuerpo de don Ricardo de Céspedes.
-Es la única manera de ingresar los impuestos municipales correspondientes a sus propiedades, salvo que queramos esperar el tiempo legalmente establecido de un lustro para decretar la desaparición de su voluntad –advirtió el secretario municipal concitando la alarma de los miembros electos del Concejo.
Fue este argumento el que convenció al señor alcalde de la necesidad de realizar las inversiones pertinentes en orden a devolver la capacidad de firma a las manos del prócer local. De otra forma, mucho se temía que los negros presagios que habían tomado los espacios atmosféricos del poblado se trasmutarían en oscuras realidades económicas para el concejo. No en vano más de la mitad del término municipal era propiedad de don Ricardo de Céspedes y Oriol.
El doctor Pérez de la Concha ante la posibilidad de percibir los emolumentos que días antes le fueron negados por pura imposibilidad física de don Ricardo, y aun siendo hombre de ciencia y, por consiguiente, poco dado a considerar los efectos de remedios espirituales sobre el cuerpo mortal, consideró públicamente que era de todo punto necesario buscar un alma que pudiese poseer el cuerpo de don Ricardo a fin de que el no-finado recuperase el movimiento de sus miembros y de parte de su raciocinio.
-No obstante –advirtió el sabio-, este posible logro está fuera del alcance de la ciencia que profeso.
-Sean, pues, los entendidos en materia del espíritu quienes decidan la manera adecuada de conseguirlo –sentenció el señor alcalde.
El Cura Párroco don Benigno García de Céspedes, que más por méritos de su segundo apellido que por cualidades espirituales o intelectuales, detentaba la representación de la Santa Iglesia en el lugar, hubo de tomar cartas en el asunto. Si, por un lado, su sacrosanta misión salvífica dentro de la ortodoxia lo obligaba a mostrar sus dudas más que metódicas sobre el supuesto, por otro, sus lazos familiares y pecuniarios con el ilustre prócer don Ricardo de Céspedes y Oriol, lo forzaban a dar pábulo a los posibles poderes revivificadores de algunas de las santeras que pululaban por el poblado y sus alrededores.
Pero -siempre los “pero” que interfieren tantas veces el desarrollo de determinadas facultades-, un grave problema flotó como flotan las moscas otoñales impregnando con su inevitable presencia el dulce devenir de los acontecimientos. Una cosa parecía evidente a los ojos de la clase política del Concejo Municipal: si un cuerpo pierde su alma, como le había sucedido al de don Ricardo de Céspedes, permanecerá en letargo vegetativo y, por consiguiente, privado de algo que le pertenece. En suma, el Concejo Municipal debería de ejercer un latrocinio anímico en aras de su supervivencia.
Una vez decidido este paso, ¿de quién se tomaría el alma? Y, una vez designado el ciudadano que habría de sacrificar su vida animada en beneficio de la colectividad, ¿quién sería la encargada de realizar el cambio de residencia del alma?
-En un ejercicio de caridad cristiana –aventuró el señor alcalde en un alarde de progresía y religiosidad-, el ciudadano elegido para donar su alma a nuestro ilustre y amado prócer don Ricardo de Céspedes y Oriol debería ser uno de los pordioseros que pululan por los alrededores de nuestro pueblo.
-¿Y si, olvidando su pasado, el alma elegida en lugar de agradecer nuestros desvelos por su bienestar desata en el interior de don Ricardo su lado ambicioso y decide privarnos de su valiosa aportación económica?
-Pensemos en el mensaje evangélico que nos recuerda la inocencia de los niños –sugirió don Benigno-. Si designamos un niño, su alma inocente, convenientemente dirigida por nuestra sabia mano, administraría los bienes de mi ilustre pariente con la diligencia y discreción debida…
-¿Cómo usted hace con los bienes parroquiales? –inquirió uno de los miembros del Concejo representante de la corriente más anticlerical del Municipio.
El doctor don Rosendo Pérez de la Concha, ante el desprestigio que supondría para él encontrarse con un nuevo cuerpo sin alma identificada sugirió la posibilidad de reencarnar en el cuerpo de don Ricardo el alma de un condenado a muerte.
-Al fin y al cabo, el desgraciado nunca echará en falta su cuerpo una vez enterrado.
-Sólo que nos tendríamos que enfrentar, posiblemente, a un nuevo don Ricardo corregido y aumentado en sus vicios y correrías –susurró a oídos del señor Alcalde el asesor en asuntos judiciales que, más de una vez hubo de torear con peligrosos morlacos jurídicos en aras de lograr para las arcas municipales los ingresos provenientes de la huera generosidad de don Ricardo.
Dos fueron las cuestiones que, como negros agüeros, sobrevolaron e inundaron durante largas y eternas horas la atmósfera del Salón de Plenos del Concejo Municipal. Si difícil era designar el ciudadano que habría de donar su alma, no menos complicado era la designación de la santera que habría de realizar el correspondiente conjuro.
-¿Cuál creen ustedes, honrados miembros de este Concejo, que será el pago que nos exigiría nuestra especialista local doña Gertrudis del Moral? –preguntó el Señor Alcalde.
-Indudablemente –respondió el Secretario- esta señora tendría, a partir de ese momento un ascendiente moral sobre nosotros de difícil satisfacción.
-Salvo que, en aras del bien común, este Concejo decidiese dar traslado de su alma a la infinita misericordia divina una vez cumplida su sagrada misión –Sugirió uno de los asesores del Concejo.
Llegado este momento, don Servando Fopiani de los Reyes, que no había renunciado a la posesión de los sentidos aunque éstos estuviesen secuestrados por el asunto que desde tiempo atrás viajaba por los entresijos de su alma, decidió tomar cartas en el asunto desde los ámbitos etéreos.
Si su venganza había alcanzado al alma de don Ricardo, también al Concejo Municipal correspondía pagar parte de sus culpas. Así pues, dado que adivinó que asuntos de suma importancia se debatían en el salón de Plenos del Concejo, decidió introducirse en el local con el fin de conocer de primera mano los avatares de la vida municipal en aquellos trascendentales momentos. Un miembro del Concejo señaló un halo mínimo que, penetrando por las rendijas de la ventana, fue a posarse en los rojos cortinajes que cubrían aquellas triste
s paredes. Un soplo venido de no se sabe donde contribuyó a esconder al espirituoso intruso entre los hilachos.
-Déjese de visiones místicas –le ordenó el señor Alcalde-. Estamos tratando de un tema de suma importancia para nuestro municipio.
Temiendo que aquella visión, apenas entrevista, acabase con la reunión antes de lograr los solidarios objetivos tan deseados por él como máximo responsable y promotor del bien común, el Señor Alcalde urgió al resto del Concejo a tomar las decisiones pertinentes.
Don Servando Fopiani de los Reyes sintió como la sangre de su cuerpo, que había quedado reposando en un cúmulo escondido entre volcanes, subía hasta su alma rebelándose contra los miembros del Concejo. ¿Debería impedir él, un condenado a vagar eternamente por propia decisión, que doña Gertrudis del Moral acabase en su misma situación por mor del capricho de las autoridades locales?
Y si obedecía a esa parte de su alma en la que aún quedaba un resquicio de eso que don Benigno llama conciencia... ¿No entraría en contradicción con su condición de alma errática y vengativa?
Por otra parte, don Servando era consciente de que tenía una deuda pendiente con la santera oficial. Al fin y al cabo fue ella la que, con un conjuro magistral, hizo posible su genial actuación sobre el alma de don Ricardo de Céspedes y Oriol.
Don Servando Fopiani de los Reyes decidió que si su honestidad, o los restos que de ella quedaban, acababa haciendo de él un muerto viviente honrado, posiblemente lograría su redención espiritual. Así que, sin dudarlo un momento, abandonó la Sala de Plenos del Concejo vistiendo una ostentosa nube roja que paseó sobre las cabezas allí presentes. No contento con esa exhibición, se acompañó de un trueno horrísono que sobrecogió todas las almas que en aquellos momentos sobrevolaban el poblado, incluso las más inocentes.
Lo que no pudo oír don Servando es que, en un arranque de honestidad ciudadana, el Concejo decidió por unanimidad realizar el encargo de devolver un alma al cuerpo de don Ricardo a una santera ajena al lugar.
-De esa manera, nadie relacionará la vuelta a la vida animada de don Ricardo con la muerte “accidental” de una santera desconocida en la localidad... –decidió amablemente el Señor Alcalde.
-Y en caso de algún fallo... siempre podríamos recurrir a doña Gertrudis... –aplaudió la generosidad del Alcalde el Señor Secretario de Administración Local.
Doña Gertrudis del Moral, santera oficial del lugar, se encontraba sumergida en un sueño reparador cuando don Servando penetró en la estancia. Delicadamente invadió los sueños de la durmiente y dejó en ellos una señal de peligro que, sin duda, sería interpretado adecuadamente por ella cuando despertase.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba, doña Gertrudis del Moral no tuvo la más mínima dificultad para identificar el suave aroma perfilado por las rojizas líneas etéreas que giraban en la cocina buscando la salida de la mansión: era don Servando. Y si don Servando había tenido a bien visitar su sueño, era evidente que el mensaje que encontró entre el vaho quimérico del despertar era suyo.
Doña Gertrudis del Moral decidió, sobre las tostadas de su desayuno, que se imponía la necesidad de actuar con suma diligencia o, de lo contrario, su prestigio de santera podría rodar a causa de la invasión de su territorio por alguna intrusa inexperta.
Claro que por otro lado, en caso de recibir el encargo, su vida corría grave peligro si lograba dotar de un alma nueva el cuerpo de don Ricardo de Céspedes.
Luego de discutir el asunto con el espíritu de don Servando, resolvieron adelantarse a las intenciones del Concejo Municipal y, montando su espíritu a lomos del de don Servando, ambos se encaminaron a la mansión del Prócer, aún sumergido en la catalepsia imbuida por arte de don Servando.
Gracias a las informaciones recibidas de doña Gumersinda Gutiérrez y Guijarro, sabían que un viejo loro campaba a sus anchas desde hacía décadas por los aposentos privados de don Ricardo de Céspedes. Con el fin de evitar miradas curiosas, penetraron sibilinamente por la chimenea, buscaron al loro y, cerrando por dentro la puerta de la mansión, prepararon todo el adobo pertinente a fin de realizar el conjuro que devolvería sus principios vitales al prócer. Una vez reanimada la forma material de don Ricardo, el asunto quedaría zanjado sin posibilidades de recambio alguno.
Don Servando y doña Gertrudis o, para ser más exactos, sus alientos espirituales, permanecieron, una vez concluida su labor, en la estancia. Se ocultaron entre las sombras a la espera de acontecimientos hasta que, horas después, oyeron el tumultuoso y feliz tropel de representantes de la vida pública que se acercaba a la mansión de don Ricardo. Luego de forzar la puerta, penetraron hasta la estancia en que éste reposaba y...
El ilustre prócer local, posado sobre una viga, miraba alternativamente a todos y cada uno de los visitantes. Una voz chillona de viejo loro salió de su garganta...
-Repite lorito: Corporación reunida, bolsa escondida. Huye, huye, don Ricardo que tu bolsa están buscando...
Una carcajada sardónica, acompañada de infernales humores, invadió el local desde los sombríos rincones del espacio mientras las autoridades religiosas, civiles y militares abandonaban en lugar atropelladamente.










Nota.- Este cuento ha sido premiado en el Certamen Saturnino Calleja del año 2009

29 diciembre, 2008

EL CUENQUITO DE LECHE


EL CUENQUITO DE LECHE


Era una de las noches más frías de aquel riguroso invierno que sembraba de escarcha los campos de Belén. Arriba, la Luna daba vida a unos prados que centelleaban convirtiendo sus gotitas de rocío en infinitos y minúsculos luceros. Era como si el cielo hubiese encontrado en la Tierra un hermano gemelo plagado de pequeñas y titilantes estrellas.
En su corta vida, Benjamín no recordaba una noche tan bella y cruda como aquella.

“Si mi madre estuviese conmigo”, pensaba…
Era un recuerdo perdido entre los pliegues del tiempo pasado. Hacía un año que su madre se marchó al cielo. Su padre, pastor como él, perdió la vida, meses después, defendiendo el rebaño contra unos ladrones que lo atacaron de noche y destruyeron los dos tesoros que le quedaban: su padre y el sueño de poder convertir aquella punta de animales en un hermoso rebaño.
Acompañado de su perro pastor, Benjamín, sólo y sin medios de subsistencia, se dedicó a lo único que podía hacer: vivir de la caridad ajena. Un portal, cercano al templo de Jerusalén, acogía su cuerpecillo en las eternas y solitarias noches hasta que un día lo encontró Lázaro, un antiguo conocido de su padre. Éste sintió piedad de él y lo acogió en su casa.
Así fue como nuestro amiguito encontró un modesto cobijo, un poco de comida y algo de ropa con que abrigar su cuerpo. Benjamín, que había vivido humildemente desde pequeño, no pedía más. Sabiendo que en aquel hogar había un rinconcito para él, se sentía tan feliz que sólo añoraba los besos de su madre. Alguna vez, sentado a la sombra de un sicomoro, revivía la cálida mano del p
adre apoyada en su hombro mientras contemplaban su ganado pastar bajo el radiante sol de Judea.
Aquella noche, el frío, que penetraba en lo más hondo de su cuerpecito, caló hasta los rotos huesos de su pierna. Desvelado por el dolor, recordaba el día en que cayó desde la rama de un almendro al que había subido a coger algunas almendras para un primito que había ido de visita a casa. Desde entonces, padecía una leve cojera que se hacía más patente cuando el frío arreciaba. Ensimismado en estos pensamientos, su mirada se perdía entre las gélidas estrellas que, desde el firmamento, vigilaban su descanso. Entonces, una de ellas comenzó a cantar para el niño la más maravillosa melodía que jamás había oído.
Se irguió un momento asombrado por aquel extraño fenómeno. Creyendo que soñaba, se frotó los ojos y, sin prestarle más atención, se arrebujó en la manta intentando olvidar las molestias de su pierna.
La Luna era una gran bandeja de plata que recorría lentamente su camino acompañada por las mínimas estrellitas que se arrastraban sobre las praderas. Mientras el viento soplaba suave y delicadamente sobre los arbustos que picoteaban la pradera, la misteriosa melodía seguía llegando con sus cadenciosos sones desde los rincones más ocultos.
De nuevo Benjamín volvió a incorporarse. Subyugado por aquellos cadenciosos sonidos comprendió que algo extraordinario estaba sucediendo. Se levantó lentamente y su mirada se perdió muy lejos, allí d
onde la Luna comenzaba a esconderse tras la línea del horizonte. En aquel momento, la noche se iluminó gracias a una estrella que, acentuando su brillo, dejó escapar tras de sí una hermosa cola multicolor. Instantes después, la estrella se posó sobre una humilde casita apenas dibujada en la distancia.
Atraídas por tan extraño fenómeno, las ovejas emprendieron alocada carrera en pos de aquella luz que rompía la noche en mil colores. Intrigado, el muchacho ordenó al perro reunir al ganado y, desafiando al frío de la noche, emprendieron una alegre marcha hacia el lugar indicado por la estrella.
Comenzó a clarear el día. La estrella continuaba inmóvil. Bajo ella, un establo tenuemente iluminado atraía con una fuerza irresistible a su ganado. Cuando se acercaron, el muchacho observó cómo una mula y un buey, abrigando la entrada, parecían proteger el establo del frío que reinaba en el exterior. Dentro se encontraba una joven que, acompañada de su esposo, acunaba a un niño recién nacido.
Benjamín se acercó a ellos. Detuvo su mirada en el plácido rostro del niñito, luego se aproximó al fuego y vio que allí reposaba una olla vacía. En silencio, fue hasta una de las ov
ejas que acababa de parir, la ordeñó llenando un cuenco de leche, se acercó a la mamá del niño y, delicadamente, lo depositó en sus manos:
-Es para el niño. Tendrá hambre ¿verdad?
Por toda respuesta, la señora depositó un dulce beso en el rostro de Benjamín.
Aquel beso tenía tanto sabor a madre, que Benjamín se sintió el ser más feliz de la tierra. Momentos después, el niño reunió de nuevo el rebaño y emprendió la vuelta hacia sus pastos. Era tal la alegría que inundaba su corazón que el regreso se hizo cortísimo. Perro, ovejas y pastor, corrían y saltaban llenos de felicidad. Poco antes de llegar a casa encontraron a Lázaro que, preocupado por su tardanza, había salido a su encuentro. El amo lo miró fijamente y, abrazándolo, preguntó:
-¿Qué te ha pasado en la pierna? Ya no cojeas...

11 noviembre, 2008

METEORITO 18.- INTERROGANTE


INTERROGANTE
¿Por qué los ríos llevan sus aguas a la mar si saben que allí se transformarán en lágrimas de luto por su muerte?

28 octubre, 2008

CARTA A DON MIGUEL DE CERVANTES




CARTA A DON MIGUEL DE CERVANTES Y SAAVEDRA, héroe de los Tercios de Flandes, dictada y enviada a su señoría por Sancho Panza, escudero que fue del muy noble Hidalgo don Alonso Quijana, llamado el Bueno.
(Homenaje a la más grande pluma que conocieron los tiempos)
-Segundo premio del Certamen Saturnino Calleja, 2008-







Habiéndome llegado noticias de aquellos relatos en los que, al decir de doña Antonia Quijana, sobrina de mi señor don Alonso que en gloria esté, ha tenido a honra su merced narrar las aventuras que en unión de éste, su fiel escudero, vivió, tiempo ha, mi señor -aventuras con las que dio prez y gloria a la Sagrada Orden de la Caballería Andante-, desearía, si tiene a bien atender al presente escrito que envíole a través de la pluma de la susodicha señora, darle cumplida noticia de alguno de aquellos lances que, a buen seguro, el llamado Cide Hamete Benengeli, hubo la osadía de ocultar por hacer desmerecimiento de las glorias de mi amado señor.
Esto dicho, que no escrito, ya que, humilde labriego, éste Sancho Panza abajo firmante lo hace -la firma-, con la cruz de su honra, pues carece de las primeras letras que permitiríanle dirigirse a vuesa merced sin intermediación de nadie, pásole a agradecer la exaltación que de la hidalguía de mi señor hizo su preclara pluma. Y eso a pesar de las lagunas que, bien por malicia de Cide Hamete, bien por la grandeza y diversidad de las obras de mi señor, aparecen en los escritos dados a la luz por su señoría.
Viva muchos años vuesa merced, con el permiso del Altísimo, a fin de que tenga tiempo de dar luz todas aquellas grandes acciones de don Alonso Quijana las cuales dieron honra a Dios y al reino. Y, puesto caso que no estáis obligado a creer cosa alguna de las que os dijere, os juro, por el Dios que me crió, que cuanto aquí se transcribe dicho queda en honor suyo.
Entre las muchas nuevas que este humilde escudero hubo junto a su señor, inmortalizado por la egregia pluma de su merced bajo el noble apelativo de don Quijote, viene a mi memoria una que, sin duda pudo haber sido ocultada por el delito de dejar en mal lugar unas palabras de vuesa merced: “es anejo al ser rico el ser honrado”.
Pues dígole que más acertado estuvo cuando dijo esotro: “la honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso”. Que si vuesa merced propúsose al escribir aquellas aventuras desterrar con “discreto artificio de la república la letura de los vanísimos libros de caballerías”, huélgome de reprender su cálamo por ocultar algunos de los eventos acaecidos a mi amo. Sepa, señor don Miguel, que si bien alguna vez hube de aconsejar a don Alonso que sería “mejor no menear el arroz aunque se pegue”, otrosí, no es menos cierto que “bien predica quien bien vive”. Y si de este predicar sucédese que es menester de menear el arroz, habrá que hacello aunque de esto se suceda el salir a la luz una cierta falta de honra de algún caballero que, al cabo, oculte bajo capa de rico hombre, la falsía de su apellido, pues más de uno de estos hijosdalgos ha de llevar en el escudo de su linaje un yelmo girado de distinta jaez. Y como “no siempre llueve a gusto de todos”, “ni es oro todo lo que reluce”, es bueno que la luz se haga en el momento oportuno, como ya dijo Dios Nuestro Señor.
Así pues, pásole a narrar uno de los acaeceres vividos junto a mi señor. Y de su honrada péñola espero vea la luz de la imprenta, salvo que la Santa Hermandad decida ver pecado de expresión donde húbolo de obra y pensamiento y que, si a mayores no alcanzó fue por honra de pobre bachiller. Y pues que tengo buena fama, y “más vale el buen nombre que las muchas riquezas”, sepa vuesa merced que sólo pretendo hacerle saber de la honradez de persona pobre y de la defensa que desta hizo mi señor don Alonso.
Sucedió que yendo don Alonso -a quien por orden del señor cura así deberé de llamar hasta el fin de mis días- camino de Toledo, a pocos pasos que nos alongamos de una puente que por allí cortaba el río, vimos venir un señor bachiller, caballero en un rocín tan de villano talle que, “ciego de un pie y no muy sano del otro, según se colegía de las muchas reverencias que iba haciendo para caminar”, más parecía balanza de mercader que gallarda jaca andaluza. Saludonos muy mesurado, y don Alonso a él con parejo talante. El señor bachiller pasó a lo largo, picando a su malhadado rocín con propósito de hacerlo andar con una galanura más propia del gran Babieca que del pobre y anciano equino que era.
-Vamos Gandalín, que una aventura digna del más grande de los anales espera a tu señor –azuzó al desgraciado animal.
No bien oyó don Alonso el nombre que caballero tan ruin aplicaba a su rocín, se lanzó tras él como alma que lleva el diablo.
-Teneos, villano –le gritó-. ¿Quién osó dar tan noble apodo a esa ruin cabalgadura? ¿Acaso ignoráis que a tal nombre respondía la honrada persona del escudero de don Amadís de Gaula?
-Perdonad, señor, lejos de mí ofender a tan noble y esforzado escudero. Que a no ser por la egregia figura de la escudería andante conocida por el nombre de Sancho Panza, a buen seguro que podría tenerse como el más grande escudero que jamás pisó la tierra.
Creedme, señor don Miguel, si le digo que al abajo firmante se “le helaron las migas entre la mano y la boca” al saberse tan admirado y querido por un señor que, vistas sus trazas, todas las tenía de ser un bachiller nada menos que de la ilustre universidad salmantina.
-Sosegad el pie y estaos quedito pues –respondió mi señor-, que si a tal jumento nombráis con el respeto dicho, algo debe tener que engañe en su figura.
-Sabed señor mío, que este Gandalín, siendo tan cargado de años y de mataduras, que pone grima de sólo mirallo, tuvo a honra llevar sobre su silla al muy noble y leal caballero don Guisando de Vejer, del ilustre linaje de los Pérez de Guzmán. Y que a su corral vuelve después de larga peregrinación a las tierras de la Sima de Cabra donde, a los pies de una Virgen, llamada de la Sierra, deposité, en nombre de mi protector, Limosna de agradecimiento por mercedes de ella recibidas tiempo ha.
Así, tras luenga conversación, supimos que el tal bachiller, ahijado de un noble andaluz, era de humilde cuna y preclara inteligencia, y que, desde las tierras de Salamanca había hecho largo peregrinaje por cumplir el mandato de su señor, quien, tocado de la mano del Altísimo y dado su carácter de segundón, había partido hacia aquellas frías tierras con el fin de continuar sus estudios de teología iniciados en la andaluza Universidad Ursaonense siguiendo la recomendación del señor Migolla, ilustre consejero de su Majestad el Rey.
Así supimos también que como es “venturoso aquel a quien el cielo le dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo”, el citado bachiller se había visto en la obligación de huir de un cierto conde, cuyo nombre prefiero ocultar.
El tal conde, noble de título que no de condición, había embarazado a la hija de su ama de llaves. Aprovechando la presencia en sus lares del joven, acogido en ellos por mor de su peregrinaje, y no viendo mejor salida a su honra que culpar a un inocente, hízolo así con este bachiller quien, a pesar de las ofertas recibidas, habida cuenta que “más vale honra sin barcos que barcos sin honra”, determinose a renunciar a ellas y tomar el camino de vuelta junto a su señor.
Y en este lance fue que se vino a cruzar con don Alonso camino de la ciudad imperial. Llegados que fuimos al Zoco toledano, convinimos con el citado bachiller en acogernos a una posada humilde pero limpia que por allí abría sus puertas.
-Que no es deshonra para un caballero andante dormir entre la gente sencilla si está adornada con el sello de la honradez –concedió mi señor.
-“Cobra buena fama y échate a dormir” –concluí yo, que ya mi lengua suspiraba por un vaso de agua fresca y mi gaznate por un buen vinillo de Valdepeñas.
Pues sabed, señor, que si don Alonso Quijana, el Bueno, ganó sobrada honra en sus aventuras, como quiera que ésta no fue acompañada de bolsa alguna, autorizado quedaba a descansar sus posaderas en honesto camastro.
Con esto, el bachiller tuvo la convicción plena de que don Alonso se acogía a descansar sus huesos en tan humilde posada más por hacelle compañía que por cuestiones dinerarias o menudencias similares. Y como no andaba el horno de la faltriquera para muchos desahogos como bien sabe vuesa merced, allí fueron a dar nuestros huesos en un duro jergón para dolor de ellos y gran alegría de los pocos maravedíes que por ella, la faltriquera, “andaban a sus anchas como galgo en dehesa abierta”.
Fue a la mañana siguiente, cuando andábamos entre truhanes y correveidiles por el Zoco tratando de rellenar nuestras alforjas con el menor pesar posible de la escarcela, el bachiller vino a abrazarse a don Alonso como niño hambriento a la teta de su madre:
-Señor –le susurró señalando a una especie de gigante, compadre sin duda de los que se convirtieron en molinos en vano intento de deshonrar a mi amo-, aquel es el conde de que os hablé.
-Dejadle estar –solicité, abrazado yo también a don Alonso, y alarmado ante la presencia de aquellos brazos dispuestos a convertirse en duras aspas al menor golpe de viento, que como “gato escaldado del agua fría huye”, no andaba este escudero con veleidades heroicas a tan temprana hora.
Y dado que, por una vez, la suerte se puso de nuestra parte, el citado conde desapareció como por ensalmo de nuestra presencia. Soltándome del abrazo de mi amo, no pude reprimir mi alborozo.
-“A buen salvo está el que repica” –dije-. Sin duda ese tal conde, apercibido de vuestra presencia, “puso pies en polvorosa por vivir a lo discreto” y abandona el campo de batalla sin dar la cara.
-Eso será sin duda –respondiome don Alonso esponjando su figura como si de un nuevo Lepanto hubiese salido triunfante.
Pero, como decía aquel, quiso Dios que se hiciese cierto lo de que “haceos miel y paparos han moscas”, que no bien abandonamos el Zoco camino de la posada para recoger el hato que allí estaba quedo a la espera del amo, el conde Briareo o como demonios se llame, vino a toparse de boca con don Alonso con tales bríos, que ya me vía yo de nuevo recogiendo sus restos esparcidos por la calle como lo fueron en su feroz batalla con los parientes de dicho señor, por llamalle de manera alguna.
-Os pido disculpas, caballero –dijo, excusándose, el atropellador de mi amo.
-¡Voto a…! –afortunadamente, mi mano selló los labios de don Alonso antes de que éste pudiese seguir con unas palabras que, a buen seguro, no nos hubiesen conducido a buen lugar.
-“Bien se está San Pedro en Roma”, don Alonso –díjele tratando de calmar el hollado honor de mi amo.
El conde, luego de inclinar levemente su cuerpo, dirigió aviesa mirada al bachiller, aunque sin perder de vista algo que en otra esquina frontera sucedía.
Afortunadamente para nosotros, otro asunto más importante atrajo su atención desde allí y, dos zancadas más tarde, desapareció para gozo del abajo-firmante e ira de mi señor que creyó fallida su ocasión de desfacer un nuevo entuerto.
Mas como “las desgracias nunca vienen solas”, quiso la diosa fortuna o quien cuide allá en los infiernos de la mala estrella de los humanos que, al tiempo que abandonábamos la posada, viniese a cruzar de nuevo nuestro camino el dichoso Briareo al que los diablos se lleven. Avisado pues de nuestra marcha, mudo como monja en clausura, limitose a esconder su mole tras una esquina y, desde ella, clavarnos su mirada en la espalda de modo tal que aún la siento en mis costillas como si de lanzada de Longinos se tratase.
Emprendido el camino hacia las tierras salmantinas, no bien anduvimos dos leguas cuando el bachiller, que no las llevaba todas consigo, al ascender a una loma, descabalgó con gran alegría de Gandalín y, volviendo su mirada hacia el horizonte toledano, mudó la color de su rostro con tal violencia que allí creí verlo muerto de un síncope.
En un quítame allá esas pajas, helósele la voz en la garganta y, sin articular palabra, señaló una nubecilla de polvo que seguía nuestra misma ruta como media legua atrás. Sepa vuesa merced que como un asno cargado de oro baja ligero por la montaña, así subía aquel nubladillo de marras a nuestro encuentro. A poco divisamos cómo, en el corazón de la nube, una jaca de muy lindo estilo y donosas formas llevaba a sus lomos cual si de una dama de frágil cuerpo se tratase al conocido conde que, sin duda, había hecho cuestión de honor salvar el suyo a costa de nuestro malhadado bachiller.
-Voto a Júpiter, que este malandrín, por conde que sea, ha de cesar en sus malquistas intenciones de aquí para siempre.
-Señor, por el nacimiento de quien vuesa merced quisiere, mejor dejemos al brazo de la justicia tal decisión, pues témome, y mucho, que éste tal conde debe de ser pariente y no lejano, de aquellos que por los campos de Consuegra se trasmutaron en gigantes.
-Sea pues llegada la hora de devolver el agua a su cauce. Por los huesos de mi padre, esta aventura hase de acabar, y pronto. Y tú, Sancho, echa a un lado tu cuerpo junto a tu cobarde condición. Deja al cuidado de la Sagrada Orden de la Caballería Andante y de los hados que la protegen la solución de esta sin igual batalla.
Esto dicho, don Alonso tomó su adarga con la siniestra mano mientras, lanza en ristre, volvía grupas para salir al encuentro de aquel que, por su mala fortuna, la de mi señor, había venido a cruzarse en nuestro camino.
-¡Teneos caballero! –gritó el bachiller.
-¡Por vida de mi señora Dulcinea, que nada ni nadie detendrá mi brazo justiciero! ¿Qué deseáis ahora, señor estudiante? Sabed que es vuestra honra la que mueve mi lanza y ella será quien salga vencedora de esta nueva lid.
-Pues señor, a ella voy. Esperad aquí a vuestro enemigo, y sea vuestra firme posición, desde esta cumbre, la que derrote al conde sin que una sola gota de sangre riegue estos campos heroicos de Castilla.
-Lleváis vuestra parte de razón, señor bachiller –respondió don Alonso-, en el discurso de mi vida oí consejos de cuántos tuvieron a bien honrarme con ellos y no será ésta una excepción. Esperemos, pues, y sea el destino quien decida si hase de derramar sangre y dónde.
Dicho esto, tomó don Alonso posesión del camino, y en él puso sus reales el buen Rocinante dejando grande y olorosa muestra deso. Tal era el halo de heroísmo que rodeaba a mi señor, que aun las moscas rehuyeron el honor de posar sus alas sobre la huella dejada por el rocín.
En lontananza íbase perfilando la figura de aquel nuevo Briareo. Mentiría si no confesase a vuesa merced que mis posaderas vivían unas ansias nunca sentidas de vaciar su grueso contenido ante la catástrofe que se avecinaba a no mucho tiempo sobre la persona de mi señor.
Fue entonces, cuando apenas veinte yardas separaban a don Alonso de aquella catástrofe viviente, el momento en que mi vientre vino a sentir aprieto tal que, sin podello remediar, expulsó un regüeldo trasero que más pareció trueno infernal que anal ruido. Asombrado el rocín del conde ante la tormenta, acaeció que dio un brinco tan bien proporcionado que vino a dar con los huesos de su amo a los pies del mío. Éste, poseído por la vara de la justicia, comenzó a herirlo de furiosa manera y descargó sobre el gigante todas cuantas golpizas había recibido de sus parientes, aquellos que se mudaron en molinos tiempo atrás. Y viendo el conde que no amainaba el temporal, ni el mío ni el de mi amo, tomó las de Villadiego y, volviendo por donde había venido, abandonó a su suerte al corcel y a cuanto en él llevaba.
-¡Fementido canalla! Por vida de mi señora, que limpio como la plata queda el honor deste bachiller –gritó don Alonso considerando ultimada la descomunal lidia.
Y el conde, dando con su actitud muestras de que “la nobleza sin virtudes es luz que alumbra más, y más, los defectos de quien la posee”, abandonó el campo de batalla. Mi señor don Alonso consideró conveniente que aquel cuyo honor había sido mancillado fuese quien tomara beneficio de tal botín, con lo que, éste, cambiando de cabalgadura, dio a Gandalín el reposo merecido y, cabalgando su nuevo corcel, prosiguió su camino al encuentro de la sabiduría salmantina que, sin lugar a dudas hallaría en él dichosa fuente de la que manar.
Y como quiera que en esta lid la nobleza de sangre quedó relegada por la del espíritu aplíquese, señor don Miguel, el dicho que, salido de la pluma de vuesa mereced, escrito dejó arriba doña Antonia Quijana: “la honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso”. Y yo os añadiré: “por noble que sea su estirpe, que no su sangre”.

01 octubre, 2008

EL GANSO



EL GANSO















Un ganso mefistofèlico
andaba un día melancólico,
y se encontró a un farmacéutico.
Éste, algo alcohólico,
recomendóle un buen médico
que, por no ser estrambótico,
pensó encontrarse ante un bucólico
ansioso de experiencias esotéricas.
Buscó fórmulas arquetípicas
en los libros coetáneos
entre elípticas parábolas.
Y encontró la solución:
recomendóle una ablución
y enjuagues de mentol
para evitar un bajón
en su débil corazón.

19 agosto, 2008

mETEORITO 17º.- EL PARACAIDISTA























EL PARACAIDISTA
Aquel coronel era tan inocente que, después de haber visitado la catedral de Burgos, aún no comprendía por qué los paracaidistas tienen horror a las catedrales góticas.

METEORITO 16º.- TE ADORO NEGRA



TE ADORO, NEGRA
Hoy admiré tu hermosa presencia corriendo, libre y salvaje, entre la floresta.
Tu cuerpo desnudo mostraba las turgencias de unos muslos de ébano cuya mera presencia despertó en mí canibalescos deseos de devorar hasta el último y exquisito centímetro de tu cuerpo…
Por eso, hoy, quiero confesar mi loca ansiedad por saborearte como al más preciado manjar:
¡Te adoro, cerda ibérica!

22 junio, 2008

NINA LA AMIGA DEL BOSQUE

NINA, LA AMIGA DEL BOSQUE

Nina era la niña más estudiosa de aquella aldea que, perdida en la distancia, reposaba en la ladera del monte, junto al bosque más frondoso que os podáis imaginar. Ella, como todos los niños del pueblo, salía a jugar al bosque cada domingo y en él pasaba las horas más deliciosas de su infancia.
Las leyendas que corrían por la aldea hablaban de unos duendes
misteriosos que deambulaban en la soledad de las profundas umbrías que siembran el bosque, pero nadie, nunca, había conseguido ver a ninguno de aquellos extraños pobladores.
Y nadie, nunca, oyó que esos misteriosos duendes hubiesen causado el daño a ningún niño. Por eso, los padres de los pequeños no sentían temor alguno cuando sus hijos salían a jugar al bosque. Aunque, eso sí, sabedores de lo engañosa que es la apariencia de los árboles y de la frondosa oscuridad que reinaba entre ellos, una y otra vez los conminaban para que no se saliesen de los senderos que lo recorrían de uno a otro confín. Más que nada por el peligro de que, deambulando por lugares no conocidos, se perdiesen entre las florestas y no pudiesen volver luego a sus hogares.
Pues bien, como os podéis imaginar, nuestra amiga Nina era uno más de entre aquellos niños que gozaban de las maravillosas y soleadas mañanas domingueras jugando y retozando entre los vetustos álamos.
Solo que, y aquí está la cuestión que nos trae su historia, Nina, además de ser muy inteligente y, como tal, curiosa e inquieta, no se conformaba con recorrer los lugares más comunes.
A nuestra amiguita le encantaba buscar terrenos sombríos y solitarios en los que dar rienda suelta a su imaginación y a sus recuerdos. En la soledad del bosque llamaba a sus padres y les contaba las cosas del colegio, el trabajo en casa ayudando a la abuelita en todas las tareas, las travesuras de su hermanita Eli, que con apenas dos añitos era todo un diablillo que alegraba sus tardes con la risa y las carreras de un lado a otro de la casa....
Desde las copas más altas, el rumor de las hojas respondía a sus palabras con un susurro que nuestra amiga interpretaba como si fuesen las respuestas que sus padres le daban desde el cielo.
A veces, hasta se enfadaba y discutía con ellos por haberse ido al cielo tan pronto, olvidándose de que allí, en el pueblecito, se habían quedado las dos pequeñas solas y al cuidado de su abuelita. Ésta había hecho de la educación y cuidado de las niñas el único motivo de su vida. Sus consejos y atenciones para que no se notase la ausencia de sus padres eran reconocidos y alabados por todo el pueblo.
Mientras, pasaba el tiempo y las niñas crecían felices entre sus familiares y amiguitos. No obstante, Nina sí que recordaba a sus padres y, siempre que podía, hablaba con ellos en su rincón secreto del bosque.
Cuando sea mayor, pensaba, también llevaré allí a mi hermanita para que conozca a papá y a mamá.

Ellos, desde el cielo, las acompañaban junto a su ángel de la guarda y, cuando Nina se ocultaba en el bosque para hablar con ellos, seguían sus pasos y le pedían a las hojas de los árboles que cantasen sus más hermosas canciones para que, de esa manera, supiese que ellos estaban a su lado.
Así, cada domingo, la niña oía una música que paseaba por entre las copas de los árboles. Extasiada ante aquellas melodías, sentía como si aquellos duendes de los que hablan las leyendas la abrazasen y regalasen con todo su amor.
Ella, intrigada, después de hablar con sus padres, recorría los lugares más solitarios tratando de encontrar a aquellos extraños músicos a los que ya había comenzado a querer como a sus mejores amigos, pues, aunque ella no lo sabía, eran parte del consuelo que sus padres le enviaban desde el cielo por ser tan buena con su hermanita y con la abuela.
Un día, buscando a sus amigos los duendes de la música, la niña se alejó de las zonas más transitadas buscando un sitio recóndito desde el que poder hablar con sus padres con tranquilidad.. Al llegar a un claro del bosque, todo alfombrado de fresca hierba, se sentó en el suelo para llamar a su mamá.
Después de contarle la última travesura de Eli, esperó un momento la respuesta de sus padres... Ésta no se hizo esperar. De pronto, oyó el acompasado ritmo de unos pasos de baile que inundaron el lugar con una auténtica sinfonía de belleza sin igual. Eran como unos pasos de cíclope que retumbasen cual tambores gigantescos.
Todo el bosque se llenó de armonías, los animales salían de sus madrigueras, bailaban, desenfadados y alegres y, jugando al corro, recorrían los senderos saludando a todo el que se cruzaba en el camino.
Poco a poco, el bosque, al completo, era una danza de color. Los árboles movían sus hojas al ritmo marcado por el compás. El Sol jugaba por entre los resquicios que las hojas dejaban en su constante bailoteo y las plantas más pequeñas danzaban también persiguiendo a los rayos del sol que, alocadamente, recorrían los rincones nunca antes visitados en aquella danza
loca y feliz.
Nina, feliz como nunca lo había sido desde que faltaron sus padres, se unió a un corro de ágiles helechos que la llevaban de un sitio a otro.
Las flores, desde su humilde pequeñez, contemplaban cómo aquella locura de cadencias y colores se iba haciendo cada vez mayor. Sin pensárselo dos veces, y cuidando de no ser aplastadas por el torbellino de sus hermanos mayores, pidieron permiso para unirse a la danza.
Las plantas más aromáticas del bosque, unidas en una alocada danza, exhalaban sus olores con toda la fuerza de que eran capaces.
Todas las flores se esforzaban por lanzar su perfume hacia la pequeña Nina que, cada vez más feliz, se agachaba y las iba besando de una en una... Éstas le respondía con sus balsámicas fragancias y dejaban sobre su delicada piel perfumadas partículas de color que embellecían aún más si cabe, la hermosura interior de nuestra amiguita.
Aquellos besos de las flores hicieron olvidar a nuestra amiga Nina por unos momentos todas sus preocupaciones. Miró al cielo por entre las ramas de los árboles bailarines y una nube pareció dibujar en lo más alto la sonrisa de su madre...
Olores, colores, música, luz... Nina se abrazaba loca de contenta a los troncos de los árboles y éstos la envolvían, amorosos, con sus ramas más jóvenes y flexibles en un tierno abrazo.
Así danzando de árbol en
árbol, de claro en claro del bosque, la niña llegó hasta el sendero de vuelta a casa. Al salir, su mirada, abierta y dulce, se dirigió al cielo y como si adivinase quien le había hecho aquel regalo, gritó:
-¡¡¡GRACIASSSSS!!!
Sus padres se miraron felices allá entre las nubes. Sus manos de aire acariciaron, agradecidas, a las brisas del bosque por el regalo que acababan de hacer a su niña. Algún día, esperaban, la pequeña Eli vendría a hablar con ellos y, también a ella, le harían el regalo de su música celestial.


23 abril, 2008

EL HOMBRE PIADOSO



EL HOMBRE PIADOSO

Don Fernando tenía noventa años cumplidos. Don Fernando fue toda su vida un hombre probo, honesto y prudente donde los haya. Para terminar, diremos que poco o nada había en común entre su carácter y lo que el valor semántico de su nombre pudiese darnos a entender: nadie, en su dilatada vida, le conoció nunca un detalle de osadía, ni atrevimiento. Por consiguiente, no es cuestión de que, a esa edad, le pidamos a nuestro venerable abuelo ningún tipo de cambio en sus timoratas y delicadas actitudes.
Don Fernando, cosas del corazón, se enamoró profundamente de doña Custodia, que -ella sí que hace honor a su nombre- aún guarda, en su corazón viudo, todo el amor debido a su santo esposo, el cual, dicen, estuvo tan alejado del mando en su lar familiar, que ni el del televisor le estuvo concedido.
Pues he aquí que estos dos corazones solitarios volvieron a encontrar los senderos del amor y, lo que es más importante, dentro del debido respeto a la moral y a las buenas costumbres, se mostraban retozones y ávidos de entrega como si de dos jovenzuelos se tratase.
Nuestros protagonistas de hoy se conocieron en la comunidad cristiana de su parroquia. El flechazo fue instantáneo. Dicen las malas lenguas que alguna vez hasta se han cogido castamente de la mano.
Hasta aquí, todo normal. Pero... Siempre los "peros" y los imponderables, cuando el romance hubo evolucionado hasta hacer de éste un fruto maduro, surgió el problema.
Nuestra amiga doña Custodia, ochenta y siete primaveras y otros tantos inviernos, enfermó. No muy gravemente, pero enfermó.
-Necesito cuidados –dijo a su niña.
-Todos los que hagan falta –contestó ésta.
"Y más", comentó, desabridamente, alguno de esos vecinos que siempre están a la que salta, por tal de dejar a alguien en mal lugar.
-Hay que reconocer que doña Custodia se encuentra en una fase muy próxima a la adolescencia –respondí yo a uno de aquellos, recordando lo de su comportamiento juvenil.
-Si consideramos que adolescencia viene de adolecer... –me respondió éste con un cierto deje irónico-, es casi seguro.
El caso es que, como no tenía ganas de discutir con mi amigo de mente calenturienta, lo dejamos ahí. Cualquiera tiene pleno derecho a disfrutar de algún que otro caprichillo, pensé.
Conocido ya por los amables lectores el problema que nos preocupa, es hora de continuar con el relato.
La "niña" de doña Custodia, no es ninguna niña. Más bien, diríamos que la niña de doña Custodia es una señora madura, con siete hijos, un marido y cuatro perros.
Y como nuestra adolescente amiga, además de ser algo caprichosa tiene un geniecillo de niña mimada, planteó tantas exigencias que, a pesar de la buena voluntad de la “niña”, escapaban a sus posibilidades físicas.
Retomando la historia, les diré que, como consecuencia de una caída, la buena de doña Custodia se dislocó un brazo. Esto, lógicamente, dificultaba gravemente a nuestra protagonista la realización de una serie de movimientos que, dicho sea de paso, son de todo punto necesarios en orden a la higiene y limpieza de determinadas partes de su organismo. Por mor del respeto por el sexto mandamiento que siempre adornó el espíritu de doña Custodia, les hago gracia de citar en este lugar los nombres de dichas partes pudendas.
Pero no es esto lo más grave. Desgraciadamente, en su caída, doña Custodia recibió un golpe justo en esas partes de su anatomía que acabo de insinuar. Esto, lógicamente, acarreaba la necesidad de cuidados y aseos especiales en dicho recodo de su casta anatomía.
Llegados a este punto, nos encontramos con la ”niña" de doña Custodia intentando atender las necesidades alimenticias y de higiene de su santa mamaíta. Ésta, sin embargo, mostraba una cierta disposición negativa a que su hija le prestase los cuidados íntimos que necesitaba.
-Es que no vas a tener la habilidad necesaria para hacerlo como es debido –le dijo.
Y como su actitud era decidida y firme, la "niña" le propuso contratar a un enfermero para que la acompañase unas horas al día y que, de camino, le dispensara los cuidados higiénicos necesarios.
-Esa podría ser una buena solución –admitió, dubitativa, doña Custodia.
Así quedaron las cosas hasta que esta mañana...
-¡Niña! Ven un momento.
-¿Qué quieres, mamaíta?
-Verás, he pensado que un enfermero nos va a costar un dinerito muy curioso. Además, como don Fernando tiene todo el tiempo libre del mundo y es una persona formal y delicada en el trato, he pensado que hablemos con él para pedirle que me acompañe durante el día y, al mismo tiempo, se encargue de algunas tareas delicadas relativas a mi persona...
La pobrecita "niña" se quedó como quien se tragó el cazo.
Recordando a La Fontaine, la "niña" se puso a especular en la forma de ponerle el cascabel al gato. Dicho en plata: conociendo, su profunda religiosidad, ¿quién se planta delante de don Fernando a comunicarle el deseo de su amada doña Custodia?
Efectivamente, ocurrió lo que yo sospechaba.
Después de una opípara comida y mil perifrásticas explicaciones sobre los distintos aspectos del amor, la entrega, la amistad, la caridad cristiana, y un lentísimo y detallado repaso a las Obras de Misericordia, la "niña" de doña Custodia, dejó bastante claras, a los ojos de don Fernando, las pretensiones de su amada y adolescente mamá.
Don Fernando, acongojado, confuso, iluso y algo patidifuso, en cuanto terminó de comer, se encaminó decididamente hacia la puerta de la calle.
-Verás, "niña", he quedado a tomar café con unos viejos clientes. En cuanto termine y acabe algún asuntillo pendiente, me tienes aquí.
Nada más salir de casa de la "niña" de doña Custodia, se sentó en el primer velador del primer bar que encontró a mano. En vista de que no dejaba de masajearse las sienes, y como era conocido y respetado en todo el entorno ciudadano por el que se movía, los camareros, adivinando que en su mente se libraba dura batalla, decidieron no interrumpirlo.
Él, don Fernando, el hombre probo y honesto que durante toda una vida fue ejemplo de caridad cristiana, estaba abocado a un dilema irresoluble. ¿Habría alguna forma de compaginar caridad y castidad en aquel trance? Si cumplía con lo estipulado por las Obras de Misericordia... ¿no estaría cayendo en un pecado mortal ante la evidencia de lo establecido en el Sexto Mandamiento? Y, al revés... si se imponía el cumplimiento del Sexto Mandamiento... ¿no estaría faltando a una de las Obras de Misericordia?
Don Fernando apenas si probó el café. Sabía muy bien que toda una vida de santidad puede perderse por una simple debilidad humana; que el último día, a la última hora, un pecado, un solo pecado mortal, puede dar al traste con toda una vida de santidad.
Él, que nunca faltó a misa en domingo, ni siquiera cuando la República, él, que siempre tomó la bula de abstinencia y ayuno...
Por otro lado... Si las enfermeras y enfermeros limpian y cuidan de los enfermos, incluso de los de su propio sexo, sin que la Santa Madre Iglesia los excomulgue... ¿será que en estas circunstancias no es pecado la contemplación y tocamiento de determinadas partes del cuerpo?
En estos pensamientos andaba don Fernando cuando, decidido a solucionar el terrible dilema planteado, se encaminó a la parroquia más próxima: consultaría al confesor sobre la viabilidad de aquello que su amada doña Custodia le pedía y... "lo que sea, Dios dirá"...
Fue en ese momento cuando, al atravesar la calle, un camión no pudo frenar a tiempo ante la presencia de don Fernando. Al llegar a las puertas del Cielo, sus primeras palabras al ángel custodio fueron:
-Gracias por haberme librado de pecar.
El ángel, se limitó a mirarlo y, sin comprender palabra, saludó amablemente:
-Buenas tardes. Pase, por favor.



















22 abril, 2008

METEORITO 15.- CONTRADICCIÓN...

LA COSA PÚBLICA









¿Por qué el Ministerio de Hacienda, siendo público como ciertas señoritas, no produce placer alguno cuando tenemos relaciones con él?



07 noviembre, 2007

Y el culpable (la otra cara de la moneda)

Y EL CULPABLE...


En primer lugar, dignísimos gestores de la ley, he de manifestar que me siento estupefacto ante la incuria de este individuo que, a simple vista, se muestra como lo que es: un vulgar y pedestre desarrapado.
Habrán de reconocer que el disfrute de los placeres que nos brinda la madre naturaleza es un derecho inalienable que debe primar ante cualquier tipo de individuo que atente contra él. Sobre todo si consideramos que es de nuestro patrimonio de donde se detraen, a través de los impuestos, los gastos que el mantenimiento de los referidos placeres devengan en orden a su mantenimiento.
Dicho esto, paso a referirles los eventos acaecidos, desde el momento en que intentamos proceder a deleitarnos con los parajes que nos rodean, hasta este preciso instante en que me presento ante ustedes de esta guisa descomedida de la que, en modo alguno, soy responsable.
Obnubilados ante esa maravillosa combinación de ocres, verdes y grises que, en sus más diversas tonalidades, son ornato y solaz de nuestras mentes, decidimos, convenientemente equipados, retozar, como tiernos e inocentes corderillos, por estos inconmensurables paisajes.
Como quiera que hasta nuestros oídos había llegado la fama del llamado Camino de la Burra, decidimos que ese sería el objeto de nuestra jornada campestre, jornada que nos serviría de esparcimiento, descanso y sedante del stress que consume nuestros sufridos cuerpos.
Pues bien, continuando con el relato de nuestros avatares, les diré que observando al patán aquí presente mientras desarrollaba sus labores en un rico vergel (huerta, dijo en su vulgar dicción), nos dirigimos a él para inquirir sobre el sendero referido: el Camino de la Burra.
La respuesta no se hizo esperar. Con gesto chabacano nos indicó una especie de sendero que discurría entre fango y piedras, cosa que podría incidir grave y negativamente tanto en nuestra integridad física como en la de las prendas de vestir y el equipo que portábamos.
Indignados por su respuesta volvimos a indagar sobre la idoneidad del camino indicado. Eran evidentes las carencias que la vía aconsejada manifestaba. Por tal motivo, albergábamos fundadas sospechas sobre la inconveniencia del supuesto sendero.
Al manifestarle nuestros temores acerca de su falta de idoneidad, el campesino se limitó a informarnos sobre la existencia de otro camino que nos llevaría al lugar en que la madre naturaleza muestra toda su magnificencia, y que constituye el colofón del Camino de la Burra: la Fuente de la Burra.
Fue entonces cuando el jayán nos indicó otro sendero que, aunque de más largo recorrido, parecía ser más seguro. Previniendo, eso sí, la necesidad de cruzar por una tal Pasada del Molino en la que, posiblemente, sí encontraríamos unos metros algo menos seguros...
Pues bien, fue al atravesar este paraje cuando, desde las alturas, como si del derrumbe de una fontana se tratase, una fuerte corriente de agua inundó el sendero arrastrando todos nuestros enseres, pertenencias y personas hasta depositarnos con la presencia física que ustedes contemplan en este mismo lugar.
Tras este relato, el Sargento de la Guardia Civil, miró detenidamente al campesino. La pregunta no se hizo esperar:
-¿Y afirma usted, señor Sancho, que no abrió las compuertas del molino intencionadamente en el momento de pasar estos señores?
El campesino miró a unos y otros. Con una sonrisa bailando en su rostro, se limitó a afirmar:
-Mire, mi Sargento, lo que está muy clarito es que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. Así que no estaría nada mal que más de uno aprendiera que el bobo si es callado, por sesudo es reputado, y como donde las dan las toman, más vale aplicarse aquello de que donde fueres, haz lo que vieres.
Dicho esto, el bueno de Sancho dio un suave tirón a las riendas de su rocín que, sin más dilación, emprendió el regreso a la aldea.

31 octubre, 2007

EL INOCENTE




EL INOCENTE


Uno, la verdad, no es que sea muy listo, verán ustedes, leer sí que sé. Y lo de escribir, qué quieren que les diga, me hago un lío con lo de las muditas esas, hache, creo que se llaman y que si la ge, que si la jota... yo qué sé. Ahora, que tonto, lo que se dice tonto, tampoco lo soy. Y claro, como el gato escaldado del agua fría huye... uno que se sabe aquello de que “qué buenos semos mientras comemos”, no tiene más remedio que mirar con desconfianza a los litris esos de la capital, que se creen que lo saben todo. Y cuando llegan al campo, pues ya ve, habría que preguntarles qué sabe el conde de calar melones, porque ya lo decía el otro: cada uno en su casa y Dios en la de todos.
A lo que íbamos, señores, que esos tipos de ahí se creyeron que este menda, por ser de campo era lo que no era, y como dice el sabio: a bicho que no conozcas, no le pises la cola. Bueno, pues eso, que me pisaron la cola y se lió la marimorena. Qué quieren que les diga.
Llegaron esta mañana, bien tempranito, miren ustedes y venían de bien plantados que parecía que los habían sacado del anuncio ese del CAMEL; sus gorritas, sus macutos, sus botas relucientes... Vaya que parecían muñequitos reciensacados del chinero de mi abuela que en gloria esté. Lo primerito que hicieron fue preguntarme por el Camino de la Burra. Y uno, que es de natural educado, fue y les dijo por dónde anda el Camino de la Burra.
Total, que como a buena gana de bailar, poco son es menester, uno esperaba que esta buena gente se fuese por donde debía y lo dejaran tranquilo en su faena. Pero, que si quieres arroz Catalina. Los señoritos se me plantan que si hay mucho barro, que si cuándo iban a barrer los caminos, que mire señor labrador, que a ver cómo iban ellos a poder pasar por aquel camino de cabras, que si no había otro camino mejor para ir a la Fuente de la Burra... Nada, que a mí, que no soy ni mozo ni viejo, pero que de las dos cosas ando ya catando, me vino a las mientes lo de que si el mozo supiera, y el viejo pudiera, ¿qué se les resistiera? Y nada, que yo me pensé aquello de que si a tu vecino quieres mal, mete las cabras en su olivar. Y para allá que me fui. Miren ustedes.
Muy requete-educado, como quien no quiere la cosa, me acordé de que si entre burros te ves, rebuzna alguna vez. Y lo dicho, que me puse a rebuznar como los cursis estos, y parece que les sentó muy mal. Vale, llevaban razón. Pero no olviden que quien se pica ajos come, y que quien siembra vientos recoge tempestades, que ya lo dijo el cura un domingo en la parroquia... que donde las dan las toman.
Pues a lo que íbamos, yo, a la vista de lo pinchos que venían, relimpios como los chorros del oro, pensé que como nunca te acostarás sin haber aprendido algo nuevo, estos niños de capital iban a aprender, pero que ya, su lección de hoy.
-¿Quieren ustedes ir por el mejor camino a la Fuente de la Burra? Es un poco más largo pero el sendero va entre piedras y se ensuciarán menos las botas... En fin ustedes dirán...
-Hombre, haberlo dicho antes... ¿Cuánto se tarda por ese camino?
-Un par de horas. Media hora más que por el corto, pero eso sí, hay menos tierra. Y barro, lo que es barro... sólo la Pasada del Molino, una pasada de ocho o diez metros, nada más.
Total, señores, que tomaron la senda larga y si te he visto no me acuerdo. Eso fue todo. ¿Quién me iba a decir a mí que esta buena gente iba a cruzar por la Pasada del Molino justo en el momento en que yo abrí las compuertas? ¿Es casualidad o no es casualidad? Y claro, pasó, que, como decía el otro, supo por donde entró, no por donde salió. Les cogió el chorro de agua desde lo alto del molino y catapún, aquí abajo los recogí.
Qué cada día hay algo nuevo bajo el Sol, señor guardia, y como susto meado, mejor que sangrado, aquí paz y después gloria, que tantas veces va el cántaro a la fuente, que al final quiebra. Y no olviden los señores que más vale un puñado de experiencia que un almuerzo de ciencia. Y que no se puede hacer caer dos veces al zorro en la misma trampa...




Manuel Cubero

10 octubre, 2007

METEORITOS, 13 Y 14


METEORITO 13




FUEGO


La tarde tendió su rojo manto sobre el horizonte. Los árboles, preñados de color, lanzaron un mensaje de muerte, ladera abajo, tras el inocente y doloroso grito de unos niños.Sólo la noche fue testigo de cómo un leve soplo de viento barrió del mundo la última huella del cándido trasunto vital de aquellas ígneas nubecillas.Mientras, lejos, en su lujoso despacho, el buitre proyecta un nuevo bosque de hormigón.









METEORITO 14

MODELO DE PASARELA



Con andares de jaca cartujana movía acompasadamente el junco de su débil figurilla azotada por el viento.Frágil espárrago, presto a romper cualquier atisbo de belleza, se difuminó entre colorines.

05 septiembre, 2007

METEORITO 10º



DESENCANTO
Aquel sueño recorrió los lugares más inhóspitos del hombre hasta encontrar su rincón preferido: el odio siempre hallará un nido donde refugiarse.

METEORITO 11º





HERMANOS
El Sol trazó un ángulo de amistad.

Los brazos, abiertos en compás, apoyaron su luz sobre dos orillas unidas por la misma lengua.

El océano fundió sus costados y evaporó la distancia.

METEORITO 12




SECUESTRO
Arenas inmensas, y la sonrisa de un niño, unidas, secuestran mi pluma con fuerza de inasible imán...

11 julio, 2007

PLUTO, EL TRAVIESO

PLUTO, EL TRAVIESO




El pobre Pluto llevaba el sello de la indisciplina grabado en la piel. Pluto era el más pequeño de una familia numerosa. Sus hermanos nunca lo miraron con demasiado cariño, esa es la verdad. Desde su nacimiento, Pluto había decidido compensar su pequeñez con una actitud personal absolutamente original, cosa que enfadaba a sus hermanos mayores, que no comprendían su rebelde actitud.
Mientras ellos seguían fielmente el camino marcado por su padre
cuando lo acompañaban en sus largos paseos, Pluto prefería desviarse, impulsado por su insaciable curiosidad. Y no sólo seguía un camino más largo que sus hermanos sino que, además, curioseaba por las márgenes del sendero buscando nuevas amistades, según decía.
En una de aquellas salidas se vino a encontrar con una niña algo más pequeña que él y que, abandonada por sus padres, deambulaba sin hogar por los infinitos campos del universo. Caro, que así se llamaba la pequeña, se acercó a Pluto, tomó su mano, le dirigió una hermosa sonrisa de felicidad y se puso a caminar junto a él. Pluto miró sorprendido a su nueva amiguita y preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Caro ¿y tú?
-Pluto.
Y, sin más preguntas, emprendieron su marcha hasta reintegrarse al grupo de sus hermanos. Como eran bastante independientes e indisciplinados, solían alejarse bastante de los mayores y rara vez coincidían con ellos.
-Dos siameses es lo que parecen estos enanitos –dijo un día Neptu-. No se separan ni para dormir
Tanto Pluto como Caro hacían caso omiso a las bromas de éste. Y eso que, al cruzarse en su camino, estuvieron a punto de provocar un choque de trágicas consecuencias para ellos.
Don Sol, que así se llamaba el padre de Pluto, era ya un señor algo mayorcito cuando nació nuestro protagonista, por lo que, cansado de tanto caminar por la vida, soportaba estoicamente los caprichos del pequeño y apenas reprendía sus salidas de una ruta que tan firmemente había fijado a los demás hermanos.
-Don Sol, o pone usted orden en su familia o tendremos que avisar a las autoridades, estos pequeños son tan rebeldes que un día van a causar una desgracia –advirtió uno de los vecinos.

Y don Sol tuvo que llamar al orden a Pluto y Caro. Pero como ambos persistiesen en su testaruda actitud de salirse del camino marcado una y otra vez, papá, después de confesar que Pluto era un hijo adoptivo venido de una familia extraña, aceptó que ambos fuesen expulsados del domicilio familiar por las autoridades pertinentes.
Desde entonces, Los otros hermanos –Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno- siguen girando en orden y concordia alrededor de don Sol mientras Pluto y Caro –Plutón y Caronte, para los sabios- vagan por senderos próximos pero sin formar parte de su familia de planetas.
Y colorín colorado, esta aventura del Sistema Solar ha terminado.


Manuel Cubero

24 junio, 2007

METEORITO 9º


AMBICIÓN

Cuando aquel político llegó al país de los ciegos se arrancó un ojo para poder reinar.