SANTIAGO, SENDERO DE RUINAS
La lluvia no caía, volcaba, en toda su crudeza, cántaros de agua sobre las sucias callejas, ruinosas como sus casuchas alineadas que, apoyándose unas en otras, parecían realizar un último esfuerzo para mantener su dignidad.
Embozado en un plástico conquistado al contenedor de basura más próximo, Santiago acecha, refugiado en un portal, las salidas y entradas del viejo corralón convertido desde meses atrás en refugio y chutadero de aquella zona.
La tristeza de los rostros que deambulaban por el portalón reflejaba una tristeza interior aún más hundida que los escombros que un día fueron cálidos y humildes hogares. Allí vivió los primeros juegos, las primeras peleas infantiles... Allí, pasado algún tiempo, tuvo su primer contacto con la droga.
Eran rostros jóvenes, ojos hundidos en la oscuridad de una vida vendida a la miseria... pero ella no llegaba. Le habían dicho que de vez en cuando solía volver por el viejo solar, que allí solían reunirse para abastecerse de aquel veneno que consumía sus horas sin tregua. Era la dosis diaria de lo que fuese -la jeringuilla y punto, daba igual-, pero había que pincharse y seguir adelante, robar, pordiosear, descansar cuando ya ni el alma tiraba. Tumbada sobre cualquier jergón o sobre el suelo pelado, descansaba, reponía algo de su destrozado cuerpo y al fango otra vez. Ya ni siquiera podía conseguir para una dosis vendiendo su cuerpo, nadie lo quería. Para ser más exactos, a pesar de su juventud, de esas buenas formas que aún se adivinaban entre la delgadez extrema de sus miembros, nadie se atrevía a tocarla.
El SIDA parecía ser su más fiel compañero a pesar de que las últimas pruebas decían que no, que aún estaba sana, que podía volver a ser una persona normal. La enfermera de la cárcel, la única persona que le había dado una mínima dosis de cariño, le había insistido una y otra vez.-Todavía puedes escapar, Leonor. Será un esfuerzo, sobrehumano si quieres, pero luego te sentirás con nuevas fuerzas... Tu padre saldrá pronto de la cárcel, él quiere ayudarte...
-Mi padre... en buenas manos... asesino...
Y allí estaba él, su padre, asesino confeso, traficante y ladrón, treinta años de condenas... Una vida miserable, hundida. Una vida desordenada, paria de una sociedad que le abandonó a su suerte en un reformatorio con apenas doce años. Fue su primer robo, una bolsa en la playa, dinero fresco en marcos de unos alemanes despistados, y a un reformatorio donde perfeccionó aquellas malas artes que durante largo tiempo serían su medio de vida. Desde allí, todo fue como la canción, rodar y rodar, tumbos de una cárcel a otra, de un juicio a otro, dos años de libertad, servicio militar y un reenganche de cabo que le llevó a una boda forzada por culpa de un calentón mal controlado. Allí pudo recomenzar su vida, pero una borrachera en una guardia de la feria de Sevilla y todo tirado por la borda. Nadie era más culpable que él.
El primer sendero se lo abrió un curilla joven. Éste, con su mensaje de caridad y con aquello de que si los pobres l
os puso Dios en su infinita misericordia, intentó abrirle unas puertas que, con lo que llevaba ya a sus espaldas, le parecieron, en el mejor de los casos, pura fantasía... Un carajo, para el cura y para Dios... Pero lo que no pudo negar es que el dichoso cura lo envió a estudiar formación profesional... Y acabó vendiendo las herramientas...Años después fue un militar, sí. Porque trabajar sí que trabajaba, cuando había que tener dos cojones, él los tenía, si había que andar cuarenta kilómetros, allí estaba el Cabo Santiago. Vaya, que a pesar de las dos bofetadas a un cabo por salir en defensa de un novato, el Capitán, también se puso de su parte. En la Prevención se fue derecho para él y le dijo:
-Soldado, tú tienes redaños.
De eso a siete años entre mili y reenganche, un paso. Fueron los siete únicos años de dignidad humana. Su hija pudo y debió ser el camino hacia otra manera de vivir, pero el alcohol, y la marihuana cuando se juntan...
Nadie lo obligó a emborracharse. Nadie lo obligó a buscar la droga, primero la marihuana, luego, en una noche de putas, la heroína y luego, seis meses de penal y puta calle. Nadie tenía la culpa... Pero también es cierto que nadie hubo a su lado dispuesto a dar por él lo que él, en este momento, estaba dispuesto a dar por su hija.
Si María. Si su querida María no hubiese sucumbido a la neumonía... Pero no. Estaba escrito, Santiago era carne de cañón y punto. Unas veces porque él se lo buscó, otras, por la mala suerte que se ceba en los desheredados, o porque estaba escrito. Vaya usted a saber.
Pero, ¿por qué también su niña? Lo único que le dio fuerzas para seguir, para enfrentarse al síndrome de abstinencia, para soportar chanzas y presiones de los colegas de patio, su pequeña Leonor, había comenzado la pendiente. Se lo dijo un maestro que, con más voluntad que fortuna, intentaba meterle aquello de la lectura y las cuatro reglas. Su hija, su única ilusión, había caído en la red que sólo los desechados tejen con su sangre y su ignorancia. Desde aquel momento, sus fuerzas, las pocas fuerzas que aún deambulaban por un cuerpo más muerto que vivo, se concentraron en una sola meta: recuperar a su hija, liberarla de una esclavitud que poco a poco iba adueñándose de su ser, regando cada rincón de su cuerpo con un caudal de sangre y droga...
Y allí estaba. Dos días llevaba fuera del penal, dos días sin apenas probar bocado, dos días apostado en un rincón a la espera del reencuentro que ansiaba tanto como temía.
Hambre, dolor y frío marcaban su rostro, prieto en la búsqueda de unas fuerzas que ya comenzaban a flaquear.
Alguien, al entrar a la casa, advirtió la presencia de aquel bulto, se acercó a él y lo despabiló de un puntapié.
-Si eres un madero te voy a partir la cara a ostias ¡tú!
No hubo necesidad de aclaración, al quedar el rostro al descubierto, su mirada habló palabras de odio entreverado de una pizca de humildad y esperanza. Era el momento de hablar, de preguntar, de saber... El camino hacia Leonor, su pequeña Leonor, se abría entre la esperanza y el dolor. La pregunta, en tono humilde, pero trasluciendo una fuerza interior que no pasó inadvertida para aquel individuo apenas fue un susurro:
-¿Conoces a Leonor?
-¿La “Rubia”?
-Rubia sí que es...
-Mira tío, ¿tú no serás su viejo...?
-¿Por...?
-Pues está claro ¿no? Resulta que te enchiqueran por trapicheos al por mayor, que encima te cargas a un colega por cuatro putas estampas falsas y no se te ocurre otra cosa que sermonear.
-¿Y qué?
-Que ya está bien, tío. ¡Que ya está bien! Tanto comerle el coco, ¡joder! Si quieres predicar métete a cura. Entre tanto hijoputa no se va a notar uno más. Pero deja a la “Rubia” tranqui. ¿Vale? Ella está bien como está y no le interesa tu tema.
-Mira, niño de mierda. Como tú me merendaba dos en la trena cada día. ¿Vale? Se trata de mi hija. Y se me ha puesto en los cojones que a esa niña la quito de la droga. ¡Y la quito! Como sea...
Santiago silbaba cada palabra. Era una serpiente dispuesta a saltar sobre el cuello del joven. Unos veinte años que, por una extraña metamorfosis, habían pasado de la chulería pasota a una mirada de respeto le contemplaban desde arriba.
El joven dio un paso atrás. Santiago se levantó, lentamente, presto a reaccionar ante el primer indicio de peligro. Sin perderse las miradas ambos se encontraban frente a frente. Era una lucha sorda, la decisión frente al respeto, el amor frente al miedo. Pero Santiago parecía adivinar que tras aquel respeto temeroso también flotaban los vapores
de una adicción dispuesta a defender su territorio hasta la muerte.-Vamos a ser claros, colega –fue la respuesta del muchacho- tu Leonor no quiere saber de ti. Que no le interesa el negocio, vaya. La cosa está como está, que tú quieres verla, la ves si ella se deja. Pero ni maderos ni gaitas. Y cuidadito, que apareces “mojado” una mañana y nadie te va a llorar. El día del juicio nos vemos, tío... ¿vale?
-Entonces ¿eres amigo de mi Leonor o qué?
-Que no te enteras, Contreras. Mira, pasado mañana, a estas horas, te das una vuelta por aquí, solito ¿eh?, solito. Si la ves, eso que te encuentras y si no, huyendo que es gerundio: no vuelvas a poner las patas aquí en tu puta vida.
Sin perder la cara al joven, prudente y desafiante, Santiago recogió el plástico y, con él, un macuto -todas sus pertenencias-, su heredad ganada en años de vagabundeo contenida en apenas un puñado de ropa vieja y cuatro cacharros de aseo de la última casa de acogida... Lentamente dio dos pasos atrás, se fue alejando, sus ojos en los del joven, miradas que se cruzan y se estudian en la oscuridad como si un extraño sol brillase sólo para ellos...
















































